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La CE reconoce que la electrificación industrial choca con la rentabilidad, no con la tecnología

El Plan de Acción para la Electrificación presentado por la Comisión Europea marca un giro en la política energética comunitaria: la electrificación deja de ser solo una herramienta climática para convertirse en una palanca de competitividad industrial. Sin embargo, el propio plan reconoce que las principales barreras ya no son tecnológicas, sino económicas y regulatorias, según un análisis publicado por el sector.

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(elperiodicodelaenergia.com)

De la política climática a la competitividad industrial

La Comisión Europea ha dado un paso importante con su Plan de Acción para la Electrificación, que refuerza el papel de la electricidad como eje de la descarbonización, pero introduce un cambio de enfoque más profundo: la electrificación se entiende ahora también como una política de competitividad.

En un contexto de volatilidad energética, la dependencia de combustibles fósiles importados y la presión competitiva sobre la industria europea hacen que electrificar signifique producir de forma más eficiente, reducir costes y fortalecer la autonomía estratégica del continente, según el análisis.

El plan comunitario estima que existe un enorme potencial para acelerar la electrificación de la industria, pero reconoce que las principales barreras ya no son tecnológicas. El coste de las inversiones, la incertidumbre regulatoria, la competitividad y el acceso a infraestructuras adecuadas condicionarán la velocidad de la transformación, según el análisis publicado por el sector.

La rentabilidad, el verdadero cuello de botella

El análisis subraya que las soluciones tecnológicas para electrificar están suficientemente maduras, pero lo que determina que un proyecto salga adelante rara vez es la tecnología: es la rentabilidad. Cada proyecto de electrificación compite con otras inversiones dentro de la empresa, como incrementar capacidad productiva, automatizar procesos o digitalizar operaciones.

Cuando el capital es limitado, el retorno esperado y el riesgo asociado marcan las prioridades. Por eso, si Europa quiere acelerar la electrificación, necesita mecanismos que hagan rentable electrificar, y ese debería ser uno de los grandes debates de esta nueva etapa.

Durante años, las políticas de eficiencia energética se han apoyado principalmente en ayudas públicas, que han sido útiles para impulsar el mercado, pero la magnitud del reto exige incorporar mecanismos capaces de movilizar inversión privada de forma continuada y vinculada a resultados. El análisis señala que la diferencia entre una estrategia y una transformación real no la marcan los objetivos, sino las decisiones de inversión que miles de empresas toman cada día.

Los certificados de ahorro energético como palanca

En este contexto, los Certificados de Ahorro Energético (CAE) se presentan como una herramienta especialmente valiosa, no porque sustituyan a otras políticas públicas, sino porque responden al problema que la propia Comisión Europea identifica: la necesidad de mejorar la viabilidad económica de las inversiones.

Los CAE introducen una lógica distinta, ya que el ahorro energético deja de traducirse únicamente en una reducción de costes para convertirse también en un activo económico. Esa monetización mejora la rentabilidad de muchas actuaciones y facilita que proyectos técnicamente viables se conviertan también en decisiones empresariales viables.

Su principal aportación reside en alinear el interés de las empresas con los objetivos de la política energética, un alineamiento que será cada vez más necesario si Europa quiere acelerar la electrificación sin depender exclusivamente de financiación pública. El análisis concluye que Europa ya ha definido el destino; el éxito del plan dependerá de su capacidad para crear las condiciones que permitan recorrer ese camino, y eso significa impulsar mecanismos que conviertan la electrificación en una buena decisión empresarial.