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La IA se topa con la red eléctrica: solo en 2026 los gigantes tecnológicos gastarán hasta 690.000 millones

La ebullición de la inteligencia artificial choca con una realidad que el mercado prefiere ignorar: sin electricidad barata y fiable, los planes de expansión de las grandes tecnológicas se quedan en papel mojado. Las cifras que manejan las consultoras y los acuerdos con centrales nucleares o de gas dibujan un escenario donde la red eléctrica, y no el software, decide quién lidera la próxima década.

Fotografía que ilustra la noticia: La IA se topa con la red eléctrica: solo en 2026 los gigantes tecnológicos gastarán hasta 690.000 millones
(elperiodicodelaenergia.com)

El coste energético de la IA: diez veces más por consulta

La promesa de una revolución digital sin costes se desmorona al analizar los números. Una sola consulta en ChatGPT consume aproximadamente diez veces más energía que una búsqueda tradicional en Google, un dato que cuestiona la narrativa de una tecnología 'etérea' que se mantiene en la nube sin gasto. Esta demanda se suma a una previsión que duplica el consumo eléctrico de los centros de datos para 2030, hasta alcanzar los 945 teravatios-hora (TWh), una cifra equivalente al consumo anual de todo Japón.

La magnitud del desafío no es menor: según los datos del Berkeley Lab, el 70% de las solicitudes de conexión a la red en Estados Unidos se retiran porque el sistema no puede absorber tanta demanda. Algunos expertos estiman que el 50% de los centros de datos proyectados nunca llegarán a construirse por falta de potencia. La conclusión es directa: 'si no tienes energía, de poco vale la inversión en IA', sintetiza el análisis que publica El Periódico de la Energía.

Una inversión descomunal que depende de la red

Las cifras que mueven a los mercados son mareantes. Solo en 2026, los cinco gigantes tecnológicos —Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta y Oracle— planean gastar entre 660.000 y 690.000 millones de dólares. Y a largo plazo, McKinsey calcula que la inversión en infraestructura de IA alcanzará los 5,2 billones de dólares para finales de la década, una cantidad que solo tiene sentido si existe electricidad suficiente para alimentarla.

La presión sobre los precios se ve agravada por factores geopolíticos. Con el petróleo Brent rondando los 94-100 dólares por barril, debido a las tensiones en Oriente Medio y los ataques a buques, el coste de la energía se convierte en un 'impuesto a la innovación' para el que las tecnológicas no estaban preparadas. Robert Staiger, de la Organización Mundial del Comercio, advierte que un periodo prolongado de energía más cara podría frenar en seco el boom de la IA.

En este contexto, la guerra en Irán llega en el peor momento, justo cuando las empresas de software se enfrentan al 'show me the money': los inversores exigen retornos reales tras haber inyectado miles de millones. La primera consecuencia visible es la búsqueda desesperada de nuevas fuentes de energía, aunque sea a costa de retroceder en sostenibilidad.

La contradicción ambiental: más combustibles fósiles para sostener la IA

La necesidad de electricidad barata y fiable está dejando por los suelos cualquier pretensión de sostenibilidad. Amazon, por ejemplo, ha financiado centrales de gas natural en Texas que emitirán 33 millones de toneladas de CO2 al año, mientras que las emisiones de Google y Microsoft ya han aumentado un 25% interanual por sus centros de datos. La propia tecnología que debería impulsar la transición energética se convierte así en un acelerador del cambio climático.

Un estudio publicado en Nature advierte de que las ganancias de productividad que la IA aportará al sector de los combustibles fósiles superarán cualquier ahorro de emisiones en renovables. De hecho, se estima que la integración de la IA podría aumentar las emisiones mundiales en hasta 1.800 millones de toneladas de CO2 anuales, un incremento que a su vez disparará la volatilidad de los precios energéticos, dificultando aún más el desarrollo de la propia IA. Como señala el análisis, 'es una pescadilla que se muerde la cola'.

Esta contradicción se agrava con la realidad de los mercados: los defensores de la IA argumentan que optimizará las redes y aumentará la eficiencia de las renovables, pero los datos apuntan a que su propio crecimiento está acelerando el problema, no la solución.

La energía, el nuevo cuello de botella geopolítico

La geopolítica se ha colado con fuerza en la ecuación. Las grandes tecnológicas diseñaron sus planes de expansión asumiendo que la electricidad sería abundante y barata, una premisa que se desmorona ante los conflictos globales. Un ejemplo claro es el reciente acuerdo entre Fortum y Google en Finlandia para desarrollar nueva capacidad de generación, impulsado por la apuesta del país nórdico por la energía nuclear.

La desesperación por asegurar potencia ha llevado a Microsoft a firmar un contrato de 20 años para resucitar el reactor nuclear de Three Mile Island, mientras Amazon ha desembolsado 650 millones de dólares para conectar un centro de datos directamente a la central de Susquehanna. Estas decisiones, tomadas en plena carrera por la IA, demuestran que la energía se ha convertido en el principal cuello de botella de la innovación tecnológica.

Para las pequeñas empresas y usuarios finales, el efecto será directo: si las grandes corporaciones acaparan la potencia disponible, los precios de la electricidad podrían subir aún más, amplificando el 'impuesto' que ya supone la transición energética. La conclusión es clara: el futuro de la IA no lo deciden las salidas a bolsa ni los avances de software, sino la capacidad de las redes eléctricas para sostener una demanda que crece a un ritmo cada vez más insostenible.