Siete oleoductos en construcción desviarán hasta el 60% del crudo del Golfo antes de 2028 para esquivar Ormuz
La guerra entre Estados Unidos e Irán, que estalló a finales de febrero, ha convertido el estrecho de Ormuz en el epicentro de la mayor disrupción de suministro energético registrada hasta la fecha, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Con el tráfico comercial colapsado, los países del Golfo Pérsico han puesto en marcha al menos siete grandes proyectos de oleoductos para desviar hasta el 60% de sus exportaciones de crudo antes de que acabe 2028.

Una dependencia de décadas que se rompe por la guerra
El estrecho de Ormuz ha funcionado durante décadas como el termómetro de la economía global. Antes del estallido del conflicto entre Estados Unidos e Irán, alrededor de 20 millones de barriles diarios (mbd) de crudo —el 20% del consumo mundial— y una quinta parte del gas natural licuado (GNL) transitaban por esa vía marítima.
La guerra y las amenazas continuas de bloqueo han provocado la mayor disrupción de suministro registrada hasta la fecha, según la AIE, superando el impacto del embargo petrolero de los años setenta. La infraestructura marítima se ha convertido en un arma arrojadiza, y los países del Golfo han comprendido que su dependencia exclusiva de este paso es un riesgo que ya no pueden permitirse.
El precedente existía desde la década de 1980, cuando la guerra entre Irán e Irak llevó a Arabia Saudí a construir su oleoducto Este-Oeste para transportar crudo desde los yacimientos orientales hasta el puerto de Yanbu, en el Mar Rojo, evitando el Golfo Pérsico. Pero durante décadas, la mayor parte de la región mantuvo su dependencia de Ormuz porque resultaba más eficiente económica y logísticamente, dado que el estrecho permite el paso de los grandes superpetroleros (VLCC) con destino al mercado asiático.
Siete proyectos para desviar el crudo: cifras y plazos
Según los datos recogidos por la publicación especializada, Goldman Sachs estima que para finales de 2028 las nuevas rutas terrestres podrían absorber el 60% del volumen de exportación previo a la guerra, equivalente a unos 7,3 mbd de capacidad de desvío.
Arabia Saudí, el mayor exportador de crudo del mundo, opera actualmente el oleoducto Este-Oeste con una capacidad de entre 4 y 7 mbd, y planea una expansión para añadir hasta 2 mbd adicionales para 2029. Este oleoducto, conocido como Petroline, ya ha demostrado su valor durante el conflicto: el país logró sortear el bloqueo de Ormuz desviando gran parte de su producción hacia el puerto de Yanbu, en el Mar Rojo, lo que le permitió elevar sus exportaciones de crudo un 19,5% pese a las tensiones.
Emiratos Árabes Unidos (EAU) está invirtiendo 3.000 millones de dólares para doblar la capacidad de su oleoducto Habshan-Fujairah, con el objetivo de alcanzar los 3,6 mbd en 2027, garantizando una salida directa al Golfo de Omán.
Irak, el segundo mayor productor de la OPEP, diversifica sus rutas ante la parálisis de sus terminales en Basora. Sus iniciativas incluyen la reactivación del oleoducto Kirkuk-Ceyhan hacia Turquía, la aceleración del oleoducto Basora-Aqaba hacia Jordania (con una capacidad efectiva de 1 a 2,5 mbd), y un proyecto respaldado por Estados Unidos para recuperar el oleoducto Irak-Siria hacia el Mediterráneo, proyectado para transportar entre 2 y 3 mbd hacia 2030.
Ganadores y perdedores de la nueva geografía energética
La reconfiguración del mapa de exportaciones dibuja un escenario con claros ganadores y perdedores. Arabia Saudí y EAU emergen como los grandes beneficiados, consolidando su posición como proveedores fiables gracias a su capacidad financiera para construir alternativas logísticas.
En paralelo, los estados de tránsito como Jordania, Turquía y Siria adquieren una importancia geopolítica que no habían tenido hasta ahora, aprovechando la coyuntura para asegurar inversiones e ingresos por derechos de paso.
En el extremo opuesto, Kuwait y Bahréin enfrentan una dependencia física casi total del estrecho, lo que les obligará a negociar acuerdos de tránsito y a compartir ingresos con Riad y Abu Dabi para poder evacuar su producción. Qatar, por su parte, atraviesa un escenario crítico con el GNL: su exportación depende de buques metaneros vulnerables al conflicto, además de los daños sufridos en los trenes de licuefacción de Ras Laffan.
En el lado del consumo, Asia —destino del 84% del crudo que transita por Ormuz— sigue con atención esta reestructuración. Estados Unidos, mientras tanto, mantiene su apoyo directo a consorcios e inversiones para aislar económicamente a Teherán.
El coste de la resiliencia: 25.000 millones en reparaciones y nuevas amenazas
La huida de Ormuz no es gratis. La firma Rystad Energy estima en 25.000 millones de dólares la factura de reparación de las infraestructuras energéticas dañadas por la guerra en la región. A ello se suma el coste de los nuevos proyectos y la financiación: los estados del Golfo han contraído una cifra récord de 112.000 millones de dólares en deuda este año para sostener esta transición.
Las rutas alternativas no están exentas de riesgo. Escapar de las aguas del Golfo implica a menudo adentrarse en el Mar Rojo, donde la milicia hutí, aliada de Irán, ataca terminales saudíes, buques comerciales y estaciones de bombeo de oleoductos. Proteger miles de kilómetros de tuberías expuestas frente a ataques con drones y misiles es un desafío difícil de gestionar sin apoyo militar.
Irán ha dejado claro que si no puede exportar por las sanciones y los bloqueos, cualquier infraestructura alternativa de sus vecinos es un objetivo militar legítimo. Además, la presión diplomática estadounidense añade más tensión: la propuesta del presidente Trump de imponer un peaje del 20% al tránsito comercial por Ormuz ha aumentado la urgencia de los productores por abandonar el estrecho.
El coste logístico también se dispara. Llevar el petróleo al Mediterráneo requiere buques más pequeños para pasar por el Canal de Suez o forzar un trayecto mucho más largo y caro bordeando África por el Cabo de Buena Esperanza. Aun así, la reestructuración avanza: el monopolio de Ormuz se encamina a su fin, y la seguridad energética ya no se define solo por el volumen de los yacimientos, sino por la resiliencia de la cadena de suministro y la flexibilidad en el sistema de exportación.



